Me llamo Alba, y mi historia con las tortugas empezó cuando tenía cuatro años. Mis padres nos regalaron dos tortugas de Florida a mi hermana y a mí: Yuki e Indi. Indi murió a los pocos días, y Yuki (rebautizada como Chusky) se convirtió en mi compañera inseparable.
Nadie podía imaginar que aquel nombre me acompañaría toda la vida. Yo sí: me enamoré de Chusky desde el primer momento. Jugaba con ella, la sacaba a pasear y dormíamos juntas la siesta. Le inventaba “entrenamientos”, la convertí en la protagonista de mis trabajos del colegio y hasta usé su nombre para mis correos y mis apodos. Todo en mi mundo giraba alrededor de esa tortuguita.

Diecinueve años después, Chusky murió. Pero todavía hoy, cuando entro en casa de mis padres, mis ojos se van solos hacia su rincón favorito, como si una parte de mí siguiera esperándola allí.
Aunque siempre pensé que estudiaría Biología, al final elegí Ciencias Ambientales. Encontré ahí todo lo que me fascinaba de la biología, pero también algo más: administración, ingeniería, ciencias sociales… y educación ambiental. Esta última me llamó la atención especialmente.
Unos años antes de terminar la carrera empecé a trabajar como camarera en un chiringuito de playa, justo enfrente de la Fundación para la Conservación y Recuperación de Animales Marinos (CRAM). Había intentado hacer allí mis prácticas, pero no lo conseguí.
Tiempo después, durante mi primer viaje como mochilera por Centroamérica, ocurrió la magia. Estaba en Playa Venao, en Panamá. Era de noche, yo miraba el mar en silencio, cuando escuché un ruido muy cerca. Me levanté para ver qué era… y la vi. Una tortuga marina estaba poniendo sus huevos.
No hay palabras que expliquen lo que sentí. Se me erizó la piel, las lágrimas empezaron a caer, y me quedé allí, acompañándola en ese momento tan íntimo y sagrado. Entonces lo supe con absoluta claridad: quería dedicar mi vida a las tortugas. Soñaba con poder presenciar escenas como aquella todos los días.
Durante ese viaje tuve dos encuentros más con tortugas: una desovando en Santa Catalina la noche de Navidad, el mejor regalo que podía imaginar, y otras cinco mientras hacía snorkel nocturno en Little Corn Island, en Nicaragua.
Más tarde, en Bocas del Toro (Panamá), un conocido me contó que su hermana trabajaba allí mismo con tortugas marinas. Me dijo que buscara la oficina de la Sea Turtle Conservancy (STC)… y en menos de diez minutos ya estaba tocando a la puerta. Me abrió Georgina, con una gran sonrisa. Sin pensarlo dos veces le pregunté cómo podía conseguir un trabajo como el suyo.
Ella me explicó que, para llegar a un puesto remunerado en la conservación de tortugas marinas, primero había que empezar como voluntaria o asistente de investigación, durante el tiempo que fuera necesario. Con paciencia, formación y estando en el lugar adecuado en el momento justo, algún día podría abrirse una oportunidad.
Lo primero era terminar la carrera, así que me concentré en eso. Y también en ahorrar todo lo posible, así que seguí trabajando en el chiringuito.
Los trabajadores del CRAM venían a comer casi todos los días y conocían bien mi amor por las tortugas. Justo ese año, en la costa catalana, empezó a aumentar la anidación de tortuga cabezona (Caretta caretta). Habían nacido crías de algunos nidos y necesitaban ayuda para cuidarlas. Me lo propusieron a mí y acepté sin pensarlo.
Durante varios meses, cada mañana, antes de empezar mi turno, iba a pesarlas, medirlas y darles de comer. Eran diminutas, frágiles, perfectas. Y mientras sostenía aquellas tortuguitas en mis manos, repetía en silencio el mismo deseo: «algún día, esto será mi trabajo.»
Por fin llegó el día, me gradué. Apliqué para ser asistente de investigación en la Sea Turtle Conservancy, en Bocas del Toro, Panamá. Cuando me aceptaron, no cabía en mí de felicidad. Sentía que todo empezaba a encajar.
Pero dos semanas antes de volar, la vida decidió ponerme a prueba. Tuvieron que operarme de una hernia y el médico fue claro, no podía hacer trabajo físico. El disgusto fue enorme. Se me cayó el mundo encima. Aun así, me dieron una noticia que sostuvo mi ánimo: me guardaban la plaza para el año siguiente. Así que no tiré la toalla.
Pasé ese año trabajando como camarera en varios restaurantes, ahorrando, esperando. Y seguí cuidando tortuguitas en el CRAM, recordándome cada mañana por qué estaba dispuesta a esperar.
Y entonces, esta vez sí, llegó el día.
Para exprimir aún más el viaje, me fui un mes antes a Costa Rica. Era mi primer viaje completamente sola. Allí viví algo que todavía hoy me cuesta creer. Mientras hacía snorkel, vi pasar una tortuga baula (Dermochelys coriacea) nadando en libertad. Esos encuentros no ocurren con facilidad, soy una afortunada.
Después llegué al proyecto en Bocas del Toro. Conocí al equipo, recibí el entrenamiento y, durante tres meses, trabajé en cuatro playas diferentes haciendo trabajo de campo. Podría escribir un post entero sobre esa experiencia. Tal vez un libro.
Por ahora diré que fue, sin duda, la mejor experiencia de mi vida.
Si alguna vez tuve dudas, allí desaparecieron. Cada patrulla nocturna, cada nido protegido, cada amanecer en la playa confirmaban lo mismo: quería dedicar mi vida a la conservación de las tortugas marinas.

Y cuando terminó la temporada, lo tenía clarísimo, no quería volver a casa.
Antes de irme, dejé claro que estaba dispuesta a cualquier oportunidad, en cualquier lugar, siempre que tuviera que ver con tortugas. Cerré la mochila… y me fui.
Una semana después me llamaron. Necesitaban una coordinadora para un proyecto de conservación de tortugas marinas en el Centro de Rescate de Especies Marinas Amenazadas (CREMA), en la costa del Pacífico de Costa Rica, trabajando con tortuga olivacea (Lepidochelys olivacea), a cambio de un pequeño estipendio. Acepté feliz.
El comienzo no fue sencillo. Coordinar el proyecto significaba dirigir voluntarios, la mayoría de habla inglesa. Yo, que en el colegio sacaba sobresalientes en inglés, descubrí allí que un idioma no se aprende de verdad hasta que lo necesitas para sobrevivir. Y menos aún cuando tienes que explicar protocolos de conservación a australianos recién aterrizados, en mitad de una playa tropical, de noche.
Fue desafiante. Fue intenso. Fue exactamente lo que necesitaba.
En menos de dos semanas ya me sentía en casa, en el proyecto, en el equipo, en el idioma. Allí entendí que no hay nada que me proponga que no pueda aprender a hacer.

Dos meses después, una noche al volver de patrulla, encontré la casa del proyecto revuelta. Habían entrado a robar. Se llevaron todas mis cosas. Todas, excepto el pasaporte.
Por seguridad, el proyecto cerró antes de tiempo. Para la mayoría era evidente que lo mejor era volver a casa. Para mí, esa opción ni siquiera existía. Pregunté si podía quedarme como voluntaria, ayudando en lo que hiciera falta. Aceptaron. Y me prometieron que, al comenzar la siguiente temporada, volvería a coordinar uno de los proyectos de tortugas. Así que me quedé.
Durante tres meses ayudé a crear un programa de educación ambiental para la comunidad, trabajé en el vivero de árboles nativos y, entre plantas y talleres, preparé el póster para mi primer simposio de tortugas marinas, que ese año se celebraba en Colombia.
Nada me emocionaba más que asistir. Iba a conocer a las personas que, como yo, habían decidido dedicar su vida al caparazón y al mar. Y como si el destino tuviera sentido del espectáculo, la inauguración coincidía con mi cumpleaños. ¡Sería perfecto!
Llegó el momento de viajar a Colombia para asistir al simposio. Y al mismo tiempo, llegó el COVID.
Los días previos fueron una nube de dudas. Nadie entendía bien qué estaba pasando. Ir o no ir. Cancelar o confiar. Finalmente, mi equipo y yo decidimos viajar. Y nada más aterrizar, recibimos la noticia: el simposio quedaba cancelado. Así, sin ceremonia. Sin cumpleaños tortuguero.
Tocó regresar. Yo tenía planeado pasar un mes en Barcelona antes de volver a Costa Rica, pero ese mes se convirtió en un año. Un año extraño, suspendido, eterno.
Durante todo ese tiempo no dejé de escribirle a Daniela, la manager de CREMA. Ni un solo día dejé de recordarle que contara conmigo cuando los proyectos volvieran a abrir.
Hasta que llegó la llamada.
La directora de CREMA me ofrecía trabajo en Turtle Trax, el área dedicada a la coordinación de voluntarios. No lo dudé. Preparé la maleta otra vez y, aunque con algunas dudas y miedo, me fui.
Durante los cuatro años que trabajé allí aprendí más de lo que jamás imaginé. Hice de todo: coordiné y guié voluntarios, llevé la administración de la agencia, participé en el trabajo de campo de los proyectos de conservación, trabajé en Corozalito, una playa de arribada, impartí educación ambiental en el pueblo y en escuelas.
Finalmente asistí a mi primer simposio, presentando dos pósters. Aprendí sobre tiburones y mantas, y buceé con ellos en mar abierto. Viajé a Estados Unidos para dar una ponencia en un congreso de Students Shoulder to Shoulder (StSS), una organización de liderazgo ético. Trabajé con ellos guiando a uno de sus grupos.
Fue una etapa intensa, exigente.

Durante esos años me ofrecieron en un par de ocasiones volver a Bocas del Toro como coordinadora de campo en la STC. Pero dije que no. Sentía que aún tenía mucho que aprender donde estaba.
Hace dos años viajé a Bocas del Toro para visitar a Daniela, que estaba allí realizando entrevistas para su tesis. Fui para ayudarla.
La misma noche que llegué me ofrecieron, una vez más, el puesto de coordinadora de campo. Pedí unos meses para pensarlo, aunque en ese momento ya sabía que quería hacerlo.
No fue una decisión sencilla. Después de tantos años viviendo y trabajando en el mismo lugar, había construido una vida cómoda, estable, predecible. Pero el cambio me llamaba. El trabajo de campo me llamaba. La investigación, las patrullas nocturnas, ver tortugas cada día… todo eso me estaba esperando, como si nunca hubiera dejado de hacerlo.
Y esta vez, dije que sí.
Empezar fue un reto enorme. Un lugar aislado, sin electricidad, sin agua corriente y casi sin señal telefónica. Viviendo y trabajando con miembros de una comunidad indígena, coordinando con autoridades gubernamentales, asumiendo responsabilidades que nunca antes había tenido. Y con una cantidad de tortugas que superaba cualquier expectativa.
Pero valió la pena.
Aquí trabajamos sobre todo con tortuga baula, aunque también con carey (Eretmochelys imbricata), cabezona y verde (Chelonia mydas).
Después de ocho meses en ese proyecto vinieron dos meses como voluntaria en la STC en Tortuguero, Costa Rica, trabajando con tortuga verde. Luego un trabajo como guía de voluntarios con SEE Turtles y un mes de voluntariado en Barra de la Cruz, Oaxaca, México, con baula, olivácea y verde.
Y ahora, aquí estoy de nuevo. En mi segunda temporada como coordinadora de campo en Playa Soropta, en Bocas del Toro, Panamá.
Viendo y protegiendo tortugas marinas cada día.
El sueño de aquella niña de cuatro años que dormía la siesta con su tortuga sigue intacto. Solo que ahora el escenario es más grande, el mar es infinito y leer rastros en la arena ya no son solo un deseo.
Y esta es mi historia con las tortugas marinas. Por ahora.

Con el tiempo entendí que la conservación no es solo biología. Es comunidad, educación, liderazgo, gestión y compromiso a largo plazo. No es una imagen romántica bajo la luna, es constancia diaria, adaptación y trabajo en equipo.
A veces me preguntan por qué tortugas. Y nunca sé responder con algo simple. No fue una decisión racional. Fue una certeza que apareció cuando tenía cuatro años y nunca se fue.
Las tortugas me han enseñado paciencia, resiliencia y confianza en los procesos largos. Me han enseñado que los sueños no se persiguen corriendo, sino avanzando paso a paso, incluso cuando el camino parece incierto.
En este blog quiero compartir lo que realmente significa dedicar la vida a protegerlas: lo que ocurre detrás de cada patrulla nocturna, cada nido protegido y cada decisión difícil.
Esta historia no termina aquí. Cada temporada trae nuevas playas, nuevos retos y nuevos rastros.
Y yo sigo caminando detrás.
